lunes, 30 de diciembre de 2019

LOS QUE SABEN QUERER

LOS NIÑOS, LOS QUE SABEN QUERER

Acabo de leer la novela El niño con el pijama de rayas (The boy in the striped pyjamas) del escritor irlandés John Boyne. Es un libro hermoso y triste, muy triste, que deberían leer todos los adolescentes, los jóvenes y todos los seres humanos que piensan que esta humanidad puede mejorar, porque esta novela, cuando se llega a su página final, resulta aleccionadora, y el lector siente como un fuerte golpe en el pecho, provocado por ese engendro diabólico llamado guerra que en pleno siglo XXI sigue ocasionándole múltiples sufrimientos a los pueblos de este pobre planeta.
Sin dudas se trata de un libro contra la guerra. Libros contra la guerra hay muchos, así como películas, programas radiales y televisivos, discursos, etc., pero éste tiene algo que lo coloca en un lugar referente de la literatura anti-bélica: enfrenta la barbarie de la guerra con ternura, con amor, mostrando la amistad de dos niños que viven dentro de esa situación que divide a los seres humanos en dueños y esclavos, en opresores y oprimidos, a pesar de que su argumento se desarrolla en una época reciente cuando ya no debería existir ningún tipo de esclavitud. Y sin embargo, existió, y lo peor aún, que todavía existe, en pleno siglo XXI.

No voy a contar el argumento, ni por supuesto su final, sólo recomendar a quienes como yo odian las guerras con toda la fuerza de su sangre, la lectura de esta novela, con el logro de esos dos personajes niños que enamoran con sus actos, su inocencia, sus diálogos tan logrados que parece que estamos oyéndolos, y su estupor ante la barbarie de una guerra que jamás comprenderán, y en uno de los niños su asombro convertido en confusión cuando va descubriendo lentamente la realidad que lo rodea, dentro de su status de hijo de un oficial de alto cargo, con su nuevo amiguito, dentro de los seres humanos esclavizados por el horror del nazismo.

Boyne ha logrado novelar una historia que seguramente se repitió con frecuencia durante la ocupación alemana de varios países europeos, con un lenguaje delicado y suave, precisamente obteniendo con su uso el impacto que sacude al lector con la inocencia de esos dos niños viviendo dentro de un absurdo que de un lado de la alambrada resulta incomprensible y del otro inevitable, en toda su fuerza de realismo cruel que mata ese mundo infantil de sueños y fantasías, postergado a la fuerza por la guerra salvaje que no les deja realizarse como niños con su mundo tan distinto al mundo en que viven inmersos en ambos lados de la cerca.

Libro apasionante que no permite pausas. Hay que leerlo cuidadosamente, hay que meditar su mensaje que como en las grandes obras se nos da indirectamente para no ser digerido como un panfleto más ni como una obra politizada que tan malos resultados han dado siempre cuando se intenta convertir la literatura en mensaje ideológico o polìtico. Y esa es la gran virtud de El niño con el pijama de rayas: el mensaje llega con más fuerza, porque parece que no está en ninguna página.

AUGUSTO LAZARO

@lazarocasas38

elcuiclo.blogspot.com.es

(publicado el 21 de mayo de 2011 en La Envolvencia)

lunes, 23 de diciembre de 2019

¿VIVIR SIN ILUSIONES?

¿ILUSIONES VANAS?

Cuando Balzac terminó de escribir su novela Las ilusiones perdidas en 1843 seguramente que se puso a meditar y quizás llegó a la conclusión de que las ilusiones casi siempre son perdidas, porque el hombre no puede vivir sin ellas, pero tampoco con todas ellas realizadas, pues entonces, ¿de qué viviría en lo adelante?

Si el hombre carece totalmente de ilusiones que lo motiven para desear seguir viviendo, posiblemente terminará suicidándose o enfermándose de algún mal mental que no tiene cura porque no existe medicina que logre curar el mal de no desear vivir. Pero así mismo, si el hombre sólo vive de sus ilusiones, se hará realidad aquel refrán que oímos desde niños, tomado de una de las grandes obras de la literatura del siglo XX: quien vive de ilusiones... muere de desengaños. De donde podemos concluir en dos supuestos antípodas: ¿es necesario tener ilusiones para vivir?, y ¿podemos vivir sin tener ilusiones?

Si preguntamos a un mendigo que vive en la calle y no quiere de ninguna manera vivir en un albergue cuál es su ilusión en la vida, posiblemente no sabrá qué responder, pues se ha hecho en él costumbre el vivir el momento y no acordarse de que en la (su) vida existen ilusiones. Sin embargo, ese mendigo no será nunca capaz de suicidarse. Y preguntamos entonces: ¿para qué quiere seguir viviendo en esas condiciones, si no tiene ninguna ilusión sobre un futuro en que quizás ya no esté en esa calle donde vive actualmente? Pues lo que ocurre es que ese mendigo no tiene "problemas" acuciantes como puede tenerlos el Príncipe de Gales, aunque esta afirmación parezca exagerada. ¿Por qué? Porque el mendigo no piensa en ningún tipo de problemas: se ha acostumbrado a esa vida y ya él mismo no se concibe en otra, al igual que el preso que ha pasado tanto tiempo en una cárcel que cuando lo liberan no quiere salir de su celda, pues no podría adaptarse otra vez a la vida en libertad.

Las ilusiones pueden ayudar, beneficiar o perjudicar, de acuerdo con la circunstancia en que se tengan, su intensidad, la manera en que se afronten y cómo se desarrollen, porque las hay que se vuelven obsesivas y una obsesión, las más de las veces, causa estragos en la psiquis de cualquier persona. Hay ilusiones laborales: quien piensa obtener un buen trabajo en poco tiempo, en el que verá realizado su sueño de trabajador, geográficas: cuando se percibe una oportunidad para cambiar de ciudad, de provincia, de país, si se desea salir de donde se está, de salud: si se tiene alguna enfermedad preocupante y existe una posibilidad comunicada de su cura a corto plazo que traerá otra vez la sensación de alegría y bienestar, las amorosas: donde se está en esa fase tan humana y universal del enamoramiento y se acerca la hora en que el motivo de ese amor corresponderá a los reclamos que mantienen a cualquier persona en estado permanente de pensar en el ser amado y desear estar con ese ser, y en fin, ilusiones hay para escoger, y todas, mientras no se materializan, mantienen al hombre (a la mujer) en stand by de combate, pues por esa ilusión los deseos de seguir viviendo jamás merman ni desaparecen. Ahora bien: cuando esa ilusión se materializa... entonces otro gallo es el que canta.

¿Qué sucedería si cuando logramos materializar la ilusión que tenemos y que nos ha mantenido con deseos de vivir no aparece otra nueva? Hay quienes dicen que han vivido toda su vida de ilusión en ilusión, que siempre ha aparecido una nueva cuando han alcanzado la actual, pero hay otros que están tristes, o en estado melancólico, que nunca sonríen, que parecen ser depositarios de una terrible noticia, etc. Son esos que vemos que nos parecen personas amargadas o quizás ensimismadas en sus problemas y a las que no les interesan los problemas de los demás, ni siquiera el destino de la humanidad. Esas personas no tienen ilusiones. Y no se dan cuenta de que las necesitan. Y sólo cuando logran tener alguna, vuelven a ser personas normales, con tendencia a la sonrisa, a la alegría, a vivir la vida lo mejor que puedan según sus recursos, pero nunca dar la imagen de aguafiestas ni de rompegrupos. Porque ese es el milagro de una ilusión.

Sin embargo, una ilusión puede llegar a hacer que idealicemos a alguien o a algo, y eso realmente hará más daño que provecho, porque cuando idealizamos a alguien y pasa el tiempo y descubrimos que ese alguien no es lo que creíamos, nos cae encima, con todo su peso, el trágico poder de la decepción, que casi siempre conduce a un estado de apatía y de descreimiento que dedicamos no a una nueva persona, sino a toda la humanidad. Por eso hay que tener cuidado con idealizar. A las personas que conozcamos debemos aceptarlas o no, con sus virtudes y sus defectos, y no creernos nunca que hemos encontrado a la perfección hecha mujer (u hombre), porque la perfección no existe ni podrá existir nunca, en nadie ni en nada. La Naturaleza dicen que es sabia, y la sabiduría consiste en eso, precisamente: en que los seres humanos no pueden ser perfectos, como tampoco lo es la Naturaleza. Oigamos el pensamiento de José Martí que puso el punto en el justo lugar, como solía hacer casi siempre: Dijo el Apóstol de la Independencia de Cuba:

Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, y el sol tiene manchas... los agradecidos hablan de su luz y su calor, los malagradecidos hablan de sus manchas

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

elcuiclo.blogspot.com.es

(publicado en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)

domingo, 15 de diciembre de 2019

AMISTAD, DIVINO TESORO

¿AMIGOS PARA SIEMPRE?

Tengo un amigo que me escribe diariamente, siempre hablándome de cosas interesantes, por eso le correspondo y le envío un correo a su vez por cada uno recibido. Es como si nos viéramos todos los días, a pesar de que ese amigo vive al otro lado del Atlántico. Me recuerda a mi madre, quien en vida solía enviarme una carta (entonces postal) cada semana, a la que yo debía responder de inmediato, porque ¡cuidado! con no hacerlo: eso le causaba una especie de espanto, porque siempre, trágica ella al fin, pensaba que algo malo me había sucedido. En ese caso también vivìamos distantes, aunque en el mismo país, por suerte. Antes de Internet, las cartas tenían un sello personal, eran más íntimas, traían aquel encanto de la letra a mano, y tras abrir el sobre con ilusión o curiosidad, podíamos tomar el papel que antes había estado en las manos de quien nos escribía. Ahora todo se ha vuelto mecánico, ahora es como si nos comunicáramos con una máquina sin personalidad ni ilusión... Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de mi relación con el amigo citado.

Ese amigo, que es un gran amigo, se dedica a actividades culturales e intelectuales, pues es musicólogo, cantautor, poeta y otras yerbas de la farándula. Y en los últimos años, según me cuenta, se ha encuevado como yo, porque dice que la calle no le dice nada, no le llama, no lo atrae, y sobre todo, que se siente mejor en su casa, con sus cosas (léase sus equipos además de sus colecciones de sellos de correos que le recuerdan que no siempre todo ha sido Internet e Informática, modernos e impersonales), como también me siento yo, pues cuando estoy mucho rato en la calle siento la llamadita que me recuerda ese refrán tan verdadero que dice "hogar, dulce hogar". Pero sucede que un día nos damos cuenta de que no nos alcanza el tiempo para atender a todos nuestros equipos que atendimos con ahínco y dedicación al comprarlos durante las primeras semanas, y después fuimos dejándolos aparte, usándolos de vez en cuando, percatándonos de que cada día nuestro espacio se llenaba de nuevas adquisiciones que al desempacarlas nunca nos preguntábamos si disponíamos de tiempo para su uso y disfrute.

Pues ese amigo y yo nos peleamos con bastante frecuencia, porque cada uno de nosotros defiende sus puntos de vista con verdadera pasión, y nuestros correos son verdaderos encantos de hasta dónde pueden dos personas "ponerse verdes" y seguir después, como si nada, intercambiando criterios, opiniones, razonamientos, que a veces tienen coincidencia (las más de las veces) pero que cuando no la tienen provocan este tipo de discusiones que logramos mantener sin renunciar a lo que creemos y sostenemos. Es que los latinos somos así, apasionados a veces hasta el límite, sobre todo cuando discutimos sobre temas que en algunos lugares son considerados tabúes, como la política, por ejemplo, que es algo que sólo sirve "para enemistar y dividir".

Una amiga cubana residente en Madrid me dijo un día que cómo era posible que mi amigo y yo, si éramos tan amigos, sostuviéramos tantas "discusiones" que la hicieron llamarnos "el perro y el gato" sin especificar cuál de los dos era el perro y cuál el gato (esa amiga también conoce al susodicho). Pero ella no se da cuenta de que así concebimos nosotros (mi amigo y yo) la amistad, cuando es verdadera, sincera, incondicional y eterna. Sólo le dije:

--Si fuéramos hipócritas, estaríamos de acuerdo con todo lo que el otro dice. Como somos verdaderos amigos, somos sinceros y mostramos nuestros puntos de vista sin ningún tapujo.

Si no se tiene ese concepto, la amistad no existe. Para mí, desde luego. Porque yo no perdería ni un solo minuto de mi tiempo (mi tesoro más importante después de la salud) discutiendo con alguien por quien no sintiera esa amistad, con alguien que simplmente no me interesara: para discutir bien fuerte, para discrepar, para dedir NO algunas veces a alguien cuando creemos que debemos decirlo, hay que ser amigos, hay que sentir una verdadera amistad hacia ese alguien. De lo contrario, sólo seríamos un par de imbéciles discutiendo inútilmente, aceptando todo lo que el interlocutor sancione como verdad absoluta. Y la verdad absoluta no existe: nadie tiene su llave, nadie posee su clave definitiva. Cada cual tiene su verdad y cuando existe la amistad, no se trata de enemistarse con el otro porque sustente una verdad distinta a la nuestra.

Deberíamos meditar sobre este aspecto de las relaciones humanas y no creernos, como a veces nos creemos (en muchos casos siempre) que somos el ombligo del mundo, que tenemos razón en todo lo que se nos ocurre plantear, que después de nos el diluvio, etc. Es bueno recordar a quien dijo (no recuerdo ahora quién) que “el hombre es el único ser vivo que bebe sin tener sed, come sin tener hambre, y habla sin tener nada que decir”... Después de esto, la escampada. Seguro.

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

elcuiclo.blogspot.com.es

(publicada en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)

lunes, 9 de diciembre de 2019

¿EXISTE LA VERDAD?

¿DONDE ESTA LA VERDAD?

¿Quién que es nunca ha mentido? Porque la mentira es inherente al ser humano. No conozco una sola persona que se atreva a mirarme a los ojos y decirme que nunca ha mentido. Hay quienes me dirán que a veces una mentira es conveniente, necesaria o inevitable. Por ejemplo: te enseñan un bebito recién nacido que es realmente un coco y ¿le vas a decir a la madre "qué niño más feo"? Claro que no. O el caso del enfermo terminal que no sabe que está en fase terminal y que quiere seguir viviendo a toda costa, esperanzado en recuperar su perdida salud, pues no vas a llegar junto a su cama y soltarle sin ninguna piedad que dentro de unos días ya será fiambre. O a tu hijo cuando te pregunte por qué murió su madre (murió drogada en este caso de ejemplo) no le dirías nunca "tu madre era una..." y algo tan normal como cuando nos presentan a alguien que contestamos “encantados”, como si pudiéramos encantarnos con alguien que acabamos de conocer... y así sucesivamente. Pero siguiendo el lugar común: hay mentiras y mentiras...

Y las mentiras hacen más daño que beneficio. Pero es difícil descifrar su sentido como positivo o negativo. Un ejemplo personal: la primera mentira que recuerdo de mis padres fue la de los reyes magos. Yo solía, de niño, cuando creía en ellos y me sentía feliz creyendo, colocarle todas las noches del 5 de enero, debajo de mi cama y junto a mis zapatos, una cartica, pidiéndole lo que muchas veces mis padres no podían comprarme, y yerbitas y agua para los camellos. Algunos niños del barrio, más listos que yo, se reían de mi creencia infantiloide, y me decían que los reyes eran los padres y todas esas cosas. Una noche de reyes me puse a vigilar, porque ya las dudas no podían aplastarme más. Me acosté, me hice el dormido, y cuando sentí un ruido en mi habitación, abrí los ojos en silencio y descubrí a mi padre colocando los juguetes junto a mis zapatos... aquel golpe fue muy cruel, pero a la vez muy aleccionador, porque desde ese momento comencé a dudar de todo lo que mis padres me habían dicho, y de todo lo que me habían dicho otras personas, entre ellas el cura de la iglesia a donde acudía mi familia con verdadera fe.

Claro que mis padres sólo me mentían algunas veces y siempre creyéndose que me hacían mucho bien engañándome en ciertos aspectos, uno de ellos sobre la situación económica de mi casa, que nunca llegué a conocer en realidad, hasta que comencé a trabajar y me di cuenta de lo difícil que había sido para mi padre mantener nuestro hogar con mi madre como ama de casa y un hijo súper exigente que pedía y pedía sin aceptar que no pudieran complacerlo. Pero el pasado, ya se sabe, no puede volver a revivirse para enmendarlo, y menos puede borrarse. El cura de la iglesia católica, que recuerdo con cariño, porque en definitivas era una buena persona, se llamaba Cayetano Martínez Sánchez, su ayudante se llamaba Paco, no recuerdo su apellido, y ejercían su magisterio en la catedral de Pinar del Río, donde yo viví hasta los 25 años. Me mentían porque era parte de su oficio, sin mala fe, precisamente porque la religión es una cuestión de fe, no una ciencia. Y yo aceptaba entonces que lo malo que veía en el mundo tenía que existir. Ahora creo que no, pero que el hombre no puede evitar que la maldad se extienda por el mundo como una plaga, imbatible las más de las veces, y que para combatirla hace falta mucho más que los buenos deseos de la iglesia, de sus fieles, y de toda la humanidad. Hay una película en la que al final el actor Al Pacino (ejerciendo de Diablo) exclama al que intenta suprimirlo: "este siglo ha sido mío", refiriéndose al siglo pasado. No podía imaginarse que al paso que vamos, el siglo XXI superará con creces su anterior hermano.

Al entrar en el arduo camino del paso por la adolescencia, me enfrenté con las mentiras de parientes, vecinos, maestros y profesores, que de una manera u otra, también ejercían de sus respectivos oficios engañándome (engañándonos) con mentiras, a veces de las llamadas “piadosas” cuando mi curiosidad inquiría en cuestiones que ellos no podían o más bien, no debían informarme, y a veces como simple expresión en la relación de personas, pues es innato en el ser humano contar cosas que no ha hecho o decir cosas en las que no cree, o incluso hacerse de una historia y de un universo interior en el que con el tiempo llega a creer. Pero en toda esa gente con la que me relacioné, tuve la suerte de no hallar ninguno que me mintiera por hacerme daño, aunque en realidad me lo hacían, no muy profundamente, pero me lo hacían, al encaminarme por derroteros inexactos o equívocos que no me ayudaron mucho hasta que yo mismo aprendí una palabra que es la clave para desarrollar un arma capaz de enfrentarnos a la mentira: la duda, lo único cierto según el filósofo más bien idealista y utópico Karl Marx.

La mentira se ha convertido (si es que siempre no lo fue) en algo tan normal y tan del ser humano que nos hemos acostumbrado a ella, de tal forma que cuando oímos una verdad (una verdad que comprobamos más tarde) nos parece una excepción. Y no voy a hablar del rosario de mentiras enclavados en tantos anuncios que ofrecen algo que si se mira bien es hasta ridículo pensar que va a ser cierto, como eso de hacer crecer el pelo a los calvos. Como me decía Juan Maguey hace unos días, hojeando un periódico donde se ofrecía ese milagro con un tratamiento, por supuesto, muy bien cobrado:

--Hay que ser seboruco... ¿tú crees que si eso fuera cierto, esos calvos millonarios que pueden pagar cualquier cosa, estarían con sus cabezas como bolas de billar?

Y nos pusimos a enumerar cuántas cosas hay que suelen embutir a la gente que todavía cree: la publicidad comercial en general, los programas de la suerte que con una llamada te hacen rico, esos mentalistas que ofrecen sus consultas en las cuales siempre te dicen cosas agradables o positivas, las cartománticas que pretenden hacer creer que unas cartas de la baraja pueden descifrar tu destino, las dietas milagrosas que en una semana te bajan 15 kilogramos de la pesa, las cábalas y los números de la suerte loca, la combinación de alimentos dañina a la salud, los alimentos capaces de darte una potencia sexual casi equina, las estafas públicas y privadas que aparecen por cientos en los medios de información masiva a diario... ¿para qué seguir?

Pero donde la mentira llega a su punto culminante es en los políticos: ahí no hay palabras para calificar a esa especie de seres cuyo principal objetivo es precisamente mentir, con el insano fin de llegar al poder (todos los poderes a la larga resultan perjudiciales para el grueso de la población, Pericles fue sin dudas algo fuera de serie) y forrarse de dinero, de gloria, de fama, y de otros placeres humanos (y divinos) por los que SI se sacrifican hasta donde pueda su capacidad de esfuerzo y dedicación... porque no me vayan a decir que esos personajes sólo quieren sacrificarse por el pueblo, dar toda su vida y toda su energìa para servir los intereses de la población cuando lleguen al poder... Vamos, que por suerte, ya pasamos de la adolescencia mental para tragarnos semejantes cuentos de caminos enlodados... Y sin embargo, a pesar de que casi todo el mundo sabe que mienten, cuando hay elecciones millones de ciudadanos acuden a las urnas a votar por ellos...

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

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(publicado en La Envolvencia el 6 de mayo de 2011)

domingo, 1 de diciembre de 2019

LAS MAQUINAS, NUESTRAS FUTURAS JEFAS

¿SEREMOS ESCLAVOS DE LAS MAQUINAS?

Estoy a punto de convencerme de que en un futuro no sé si cercano o lejano las máquinas dominarán al hombre. Me ha dado por meditar al respecto desde que me conecté a Internet y descubrí que esos aparatos que aquí llaman ordenadores muchas veces no responden a nuestras órdenes y hacen lo que les sale de su software, o sea, de sus entrañas electrónicas. Y mi amigo Juan Maguey me reafirma en mi idea, porque acaba de decirme hace un rato que

--pues cuando estoy más animado escribiendo una carta a un amigo, ¡PUM!, la página de mi correo desaparece y nos quedamos, ella y yo, en blanco, nunca mejor dicho, y a inventar a ver cómo rayos logro retomar mi página de correo, y a ver si cuando reaparezca, si reaparece, todavía está escrito lo que ya había escrito o se borró totalmente...

y es verdad que es como para volverse loco o coger el aparato y lanzarlo por la ventana y al carajo Internet y el diablo y la vela, porque hay que tener sangre de chinche para aguantar que un aparato de porquería haga lo que dé su gana, aunque tú no se lo hayas ordenado. A mí suele sucederme, más a menudo de lo que yo quisiera, y se lo digo a Juan para que se consuele sabiendo que no es el único:

--Si te cuento todo lo que me pasa no vas a creerlo.

--¿Cómo no voy a creerlo? Ya yo creo hasta en las gallinas que ponen los huevos en colores.

Y le cuento algunas anécdotas con Internet, como que me sale un recuadrito abajo a la derecha, sugiriéndome que haga una copia de seguridad, la hago, y al rato vuelve a salir el mismo recuadrito con el mismo mensaje, que a veces no aparece la página web solicitada porque dice que INTERNET EXPLORER NO PUEDE MOSTRAR LA PAGINA WEB, sin explicar por qué diablos, y cuando preguntas por las causas te dicen que no se ha podido descifrar el problema y que esto y que lo otro, y la página no aparece, y otras veces aparece un recuadro amarillo pidiéndome permiso para instalar no sé qué cosa, pincho en NO PERMITIR y en menos de 10 segundos vuelve a aparecer, hasta que colmada mi paciencia pincho en PERMITIR, no sale nada y vuelve a salir el recuadro con el mismo sonsonete, y... para qué seguir.

--Ah, pero no te he dicho lo más humorístico -me dice Juan, pidiendo los cafés- porque hay que reírse: mira, como sabes, tengo una impresora EPSON Stylus etc., de 4 cartuchos, que maldita la hora en que se me ocurrió comprarla... pues bien, oye esto: cuando llevo varios días, con los cartuchos repletos y realizando las operaciones permitidas, entre ellas, imprimiendo textos, de pronto, ¡fuacatán!... nada de nada y de lo otro cero: aparece un letrero que dice NO SE PUEDEN RECONOCER LOS CARTUCHOS... los cartuchos que son exactamente los que dice el aparato que deben comprarse y colocarse y que además están llenos los 4... chúpate ésta.

Y no quiero recordarle a Juan aquel partido de ajedrez en que la máquina derrotó al campeón mundial, porque... no no no, comenzaríamos una larga discusión y yo tengo que irme a hacer otra de mis acostumbradas gestiones... a ver si resuelvo o descifro con alguien el por qué mi ordenador se paraliza algunas veces y ni cursor ni desbloqueo ni tecla ESC ni la cabeza de un guanajo relleno...
Otro día hablaré de lo que pienso que seremos los pobres mortales cuando las máquinas hayan instalado su gobierno en todo el orbe. A ver si hay alguien con poder que me haga caso... a tiempo.

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

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(publicado en La Envolvencia el 28 de abril de 2011)

jueves, 28 de noviembre de 2019

RODEADO DE VECINOS

DE VECINOS Y SUS COSAS

Matías camina apoyándose en un bastón. No usa gafas y en sus ojos resplandece una especie de juventud que se niega a abandonarlo, al menos en su mirada llena de vitalidad. Diariamente sale del edificio y se dirige a la cafetería del Centro de Mayores, se toma un café con leche y se sienta a echar una partida de dominó con sus amigos. Y así se le va la mañana, entretenido sin pensar en que la muerte puede sorprenderlo en el momento en que menos la recuerde. Porque Matías es un hombre lleno de vida, a pesar de lo estropeado que dice que está. Por la tarde repite su itinerario y sus acciones. Y así se le va el día, porque cuando se da cuenta ya está oscuro, y entonces Matías se recoge en su casa a ver la tele o quizás a leer el periódico para enterarse de que el mundo sigue en
estado fatal, sin ningún cambio positivo...

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En el patio de la basílica de San Francisco El Grande viven 32 gatos. Nada menos que 32 gatos. En ese espacio, amplio para ellos, realizan todas las acciones que suelen realizar los gatos: duermen, comen, defecan, juegan, descansan, corren, se refugian del agua, del frío, de la nieve cuando cae, de todo. Todas las tardes Isabel se acerca al muro con abundante comida para ellos, y los gatos, esos animalitos tan ariscos que huyen cuando algún humano se les aproxima, se acercan a ella sin ningún temor, porque la conocen y saben que ha llegado su alimento. Y todos comen, se llenan, se retiran, y a dormir hasta mañana. Isabel disfruta con esa acción diaria que se ha autootorgado por el simple placer de sentir cómo esos gatos se le acercan con cariño, se restregan contra sus piernas, maúllan muy bajito, como agradeciéndole lo que hace por ellos, y nada más. Hay otra señora que a veces entra en el patio y además de comida les limpia sus casitas rústicas para que se guarezcan de los elementos, pero enseguida se va, no como Isabel que se queda un largo rato mirándolos y sonriéndose, satisfecha de haber hecho una buena acción. Una mañana me la encontré en el autobús y hablando del asunto me dijo: "yo quiero a esos gatos más que a muchas personas que conozco, porque son más humanos"... Ante esa afirmación me quedé meditando cuánta razón tenía Isabel. Porque hay muchos humanos que no pueden compararse con los animales: pierden por puntos, por muchísimos puntos...

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Avelino es un señor circunspecto, tranquilo, apacible. No le gusta la bulla. Pero le gusta la música, y dentro de la música, esa que llega suave a los oídos, como invitando a adormecerse lentamente alcanzando un estado de bienestar perfecto. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle a dar su acostumbrada vuelta, Avelino pone su equipo con esa música que puede ser de Mozart o de María Dolores Pradera. Fue Avelino quien me dijo un día, conversando al respecto, que la música le hace mucho bien al hombre, "lo enseña a ser mejor persona", y quizás tenga razón, y quizás por eso mismo sea Avelino tan buena persona. A pesar de sus 75 años, se mantiene en forma, camina con paso rápido, no parece tener serios problemas de salud, y es un gran conversador. Con él siempre se aprende algo, porque de cualquier ser humano se puede aprender algo, pero de esos seres como Avelino se puede aprender mucho. Díganmelo a mí, que desde ese día de la conversación citada, cuando me pongo a oír la música que me gusta, me siento como si me hubiera vuelto mejor persona. Gracias a la música, y gracias a Avelino...

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La dama del bastón es Damiana, y cuidado con ella,porque cuando se le suelta la lengua no se salva ni la llamada familia real. Del bastón, porque Damiana está ya un poco magullada y necesita ese apoyo para caminar. Y hay que verla cuando sale al pasillo y se dirige a la cafetería del Centro de Mayores a dejar que el tiempo corra, sin prisa y sin pausa: para recorrer esa distancia, de unos 300 metros a vista de pájaro, Damiana se tarda unos 15 minutos. Ella dice que es que no puede ir más aprisa, pero algunos (entre ellos yo) piensan que es porque se entretiene mirando al patio de la basílica, a los gatos o a la gente que mira a los gatos, y así Damiana pasa sus horas hasta que retorna por el mismo camino y a la misma velocidad. Cuando está de mala uva (que es muy a menudo), las asistentas geriátricas del edificio pagan las culpas que no tienen, porque empuña su bastón como si fuera un AK, y les dice hasta lo que no se imaginaban ellas que podía decirles alguien. Pero como en la viña del Señor hay de todo, Damiana se ha convertido en un personaje pintoresco, sin el cual nuestra vida sería menos... digamos atractiva. Ojalá que no nos falte, porque en definitivas la queremos, aunque sea un poquito...

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Cuando llegó al edificio, algunas de las damas mayorcitas que no tenían pareja se "debatieron" por conquistarlo, porque Conrado tenía buen porte, era elegante, y, según rumores que enseguida se corrieron, estaba "sin compañera". Una de las más audaces logró al fin a atraparlo, y ahí están los dos, como tórtolos, mostrando su relación sin ningún tipo de prejuicios ni complejos. Pero Conrado, además de ser un galán para muchas en el edificio, es un hombre de acción y de trabajo: se dedica, voluntariamente, a atender varios canteros que contienen flores y hortalizas, y han salido de ellos tomates y otras verdurillas que pueden saborearse sin ningún cuidado de que no estén listos para su consumo. Todos los días Conrado coge la manguera y a regar se ha dicho, con su inseparable cigarrillo pegado a los labios, y de aquí para allá, de allá para aquí, y así pasa sus ratos de ocio, ocupado en una labor que además de dar estética al entorno sirve para deleitar a cuantos pasan por allí, o a los mismos vecinos que se paran siempre a observar qué de nuevo ha logrado Conrado en sus canteros. Hombre activo, sin dudas. Y muy buena persona, que es lo más importante...

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Mi amiga M. E. (no le gusta que publique su nombre) nunca se queja: trabaja como asistente geriátrica en un centro donde sólo tiene que... ¡sonreír! Así como suena. Porque es lo único que hace, además de atender -sonriendo siempre- a quienes necesitan alguna ayuda o alguna orientación oportuna en dicho centro. Pero M. E. pasa sus 8 horas de trabajo sonriéndole a cuanta persona le pasa por el lado. Y nunca se queja. Yo nunca la he visto de mal humor, y siempre, a cualquier hora y en cualquier circunstancia, su boca abierta, sus dientes al aire, y una sonrisa que parece incrustada en su rostro por obra de un escultor figurativo. Por eso no se queja, pero porque además, es una chica con suerte: no paga hipoteca, no sufre el transporte, pues vive cerca del trabajo y va y viene a pie o caminando, como dice, siempre con un chiste a flor de comisuras acompañando a su sonrisa esplendorosa, no tiene problemas sentimentales (felizmente casada y con una encantadora y talentosa hija), y en fin, que le gusta su trabajo. ¿Cómo no le va a gustar si lo único que le exigen es lo que no habría que exigírsele: que sonría, que le haga la vida agradable a cuantos tiene que atender. Y, sin dudas, M. E. sabe hacerle la vida agradable a quienes tienen la suerte de poder verla y conversar con ella -y disfrutar de su sonrisa que llega hasta sus ojos- diariamente. Ojalá que pudiéramos contar con muchas M. E. en nuestro diario bregar con las personas con las que tenemos que compartir el saludo o las conversaciones inevitables de momento. La vida sería mucho más llevadera...

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

elcuiclo.blogspot.com.es

(publicado en La Envolvencia el 25 de abril de 2011. Lamentablemente, algunos de los personajes citados ya han muerto, vaya esta entrada en su memoria y agradecimiento por su amistad y por los buenos ratos que me hicieron pasar)

lunes, 25 de noviembre de 2019

ADIOS A LA VERGÜENZA

¿VERGÜENZA? ¿QUE ES ESO?

Que la vergüenza de nuestros políticos brilla por su ausencia es ya aceptado por propios y ajenos como algo natural. Juan Maguey me lo dijo una vez:

--Hombre, para ser político lo primero es no tener vergüenza. Lo demás ya vendrá con el cargo y el tiempo.

Y en ocasiones esa verdad innnegable, aunque haya excepciones tan escasas como los parados que encuentran trabajo, sale a la luz con incuestionable aceptación: ahora mismo, con lo de Libia, se convence hasta el más escéptico de cuánta razón tenía mi amigo Juan.

Resulta que en la mayoría de los países árabes hay dictaduras que más o menos oprimen y masacran a sus pueblos. No en Libia sólamente. Pero Occidente parece que no se ha dado cuenta de eso. Ni siquiera el señor Obama, tan demócrata él, parece haber comprendido quiénes son esos dictadores que oprimen y masacran a sus pueblos, pues tanto Estados Unidos como Europa han mantenido siempre excelentes relaciones con personajes de tan dudosa moral como Gadafi, sin que se ruboricen cuando alguien publica en algún diario semejante desfachatez.

De la vieja Europa no espero nada. Absolutamente nada: no hay más que ver miles de fotos en donde los dirigentes políticos de Europa se dan la mano, se abrazan y hasta se besan con personajes tan detestables como Obiang, por poner un solo ejemplo, porque me da asco mencionar tantos nombres. Hasta nuestro rey considera como amigos a tipejos tan dudosos como Mohamed VI, Hugo Chávez, y tantos otros que han sido recibidos con todos los honores. Y no me digan que es cuestión de diplomacia, porque el decoro, el honor y la vergüenza de ninguna manera pueden estar por debajo de la diplomacia. Ni del cochino dinero.

Me pregunto, y le pregunto a los señores Bush y Obama: ¿han pensado cuánto mejor estaría Estados Unidos económicamente si se hubieran ahorrado los enormes gastos militares en Afganistán y en Iraq? (y en tantos otros países donde no han logrado nada), porque a pesar de los años de intervención, Afganistán sigue igual o peor, e Iraq es un rosario de muertes, atentados, bombas, etc., que diariamente ocurren, sin que ninguna fuerza militar haya podido eliminarlos. Entonces, ¿para qué Occidente, y en especial Estados Unidos, se mete en tantos lugares donde nadie los ha llamado y donde no van a resolver ni un carajo?

Y ahora, para colmo de la desvergúenza, se plantea que la acción militar contra Libia "no es para quitar del poder a Gadafi"... ¡Increíble! Si no es para eso, debe ser para darle unas palmaditas en el hombro, sobre los miles de muertos provocados por ambas partes, y decirle: "Muhammar, amigo, trata bien a tu pueblo y no dispares más contra los ciudadanos indefensos", y cómo no, el "buen amigo" hasta hace unas semanas, enseguida saludará (quizás esperando que el interfecto le bese la mano) y dirá en voz muy alta que "seguro, hoy mismo dejaré de matar a mis ciudadanos, pero dígale a ellos que no me jodan más".

¿Y en los demás países árabes? ¿Piensan Obama, Sarkozy, Berlusconi, Cameron y demás dirigentes de la alianza intervenir también en Yemen, en Bahréin, en Arabia Saudita, en los Emiratos, en Marruecos, en Qatar, en Jordania, en Siria, cuando en ellos "la cosa" se ponga más caliente aún?
Mi simpatía por Angela Merkel, cuya cabeza podría servir de ejemplo a muchos y no sólo económicamente, por no haber enviado a sus soldados a combatir, a matar y a morir, en esas tierras donde está demostrado por la historia que ningún extranjero va a resolver sus problemas, ni a las buenas ni a las malas, pero sobre todo, jamás "a las malas": Afganistán e Iraq me dan la razón.

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

elcuiclo.blogspot.com.es

(publicado el 29 de marzo de 2011, repetido aquí por su actualidad que podría servir de ejemplo para demostrar que la Historia no enseña nada a quienes detentan el poder absoluto)

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