ECHALE SALSITA
La primera vez que fui a Varadero hice el viaje en ómnibus con un grupo de trabajadores del banco donde recién había comenzado a trabajar y otro de la empresa Industrias Ferro, S. A., en Pinar del Río, mi ciudad natal. Estaba ilusionado con aquel viaje que durante varias semanas me mantuvo en un estado de expectación y ansiedad: conocería una de las playas más hermosas de América, me bañaría en sus aguas, y sin dudas regresaría de ese viaje con un recuerdo que me duraría mucho tiempo. No me equivocaba: todavía me dura... Sin embargo, aunque parezca exageración o presunción de originalidad, confieso que mucho más que la playa me impresionó algo tan aparentemente vulgar como un verdadero manjar al buen gusto gastronómico que no olvidaré ni siquiera perdiendo la memoria: las butifarras EL CONGO.
Al saborear aquel verdadero boccato di cardenale, recordé el son que oía desde el lejano septeto nacional de Ignacio Piñeiro, con su sonada afirmación que traspasó la frontera del mar que rodeaba la isla: era tal la fama (porque era tal la sabrosura de aquellas butifarras que parecían cocinadas por dioses del olimpo griego) que millonarios de Estados Unidos cruzaban las 90 millas para buscar el letrero lumínico que surgía tras una curva en aquella carretera por la que, por allá por Catalina de Güines, como nos decía "Moño", la primera vez en la excursión citada, pasaban cientos de vehículos, siempre deteniéndose, al menos por la curiosidad de saber qué era aquello que atraía a tantos otros
estacionados ante la mágica luz: BUTIFARRAS EL CONGO.
En este cantar propongo
lo que dice mi segundo:
no hay butifarra en el mundo
como la que hace El Congo...
De familia cubana típica, acostumbrado desde niño a saborear las delicias de la mesa de mi país (arroz con frijoles negros, tamales en hojas, cascos de guayaba con queso, congrís con carne de cerdo, arroz con pollo a la chorrera, turrón de maní, ajiaco, el mojito criollo, las papitas fritas, el café con leche y pan con timba al desayuno, etc.), confieso que jamás he vuelto a degustar un alimento que supere a aquel sabor fantástico de esas butifarras, capaces por sí solas de trasladar a cualquiera que las probara, como fue mi caso y como sería el de miles me imagino, vía paladar, a las delicias virtuales de la ensoñación y terminar exclamando algo así como ¡carajo, estas butifarras están para comérselas! Y si no la única, quizás la clave estuviera en el estribillo de aquel son tan cubano y tan cercano a nuestra idiosincrasia, que repetía una y otra vez:
¡échale salsita!
Quizás ahí estaba el secreto. O quizás en aquellas manos prodigiosas de El Congo, que dedicó toda su vida a hacernos disfrutar de la magia de su fabulosa cocina.
AUGUSTO LAZARO
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado en La Envolvencia el 18 de junio de 2013)
lunes, 27 de enero de 2020
lunes, 20 de enero de 2020
EL ANSIADO VIAJE: ¿UN PLACER?
VIAJAR... ¿UN PLACER?
Mi amigo R está en Miami. Desde esa ciudad me envía un correo diario contándome sus desventuras relacionadas con el tiempo que pierde para realizar sus movimientos, pues como no tiene coche (automóvil) tiene que depender de que alguien lo mueva, porque en Miami (quienes han estado allí lo saben) si no tienes coche despídete, y como al parecer todo el mundo tiene coche, los autobuses pasan cada hora, y la espera puede enfermar a cualquiera de los nervios, y el alquiler de los Super Shuttles no es como para andarse con botaratillas de bolsillo. Miami: paraíso de quienes pueden encender un puro con un billete de $5.00... ¿o no?
Pues eso, que mi amigo está cansado, no sólo de Miami, pues suele viajar mucho, y sobre el dulce placer de viajar -según muchos- hemos discutido en varias ocasiones, dejando siempre un margen para continuar, porque entre cubanos las discusiones son, como según Albert Einstein el universo y la estupidez, infinitas. Pero esta vez parece que mi amigo no está disfrutando mucho de su viaje, a juzgar por sus horas perdidas en las que no puede ejercer ninguno de sus placenteros “vicios” literarios, musicales, y sobre todo hogareños, pues es sin dudas un hombre de hogar, como yo he querido siempre ser.
Viajar puede resultar para muchos un placer, un ejercicio del ocio, una acción que se supone aumenta el nivel cultural del viajero, todo eso discutible, pero respetable. Los que disfrutan viajando hacen bien en viajar, sobre todo porque tras un largo período de trabajo y dedicación a negocios, empresas, responsabilidades, o simplemente una labor de atención diaria en cualquier aspecto de la vida, el cuerpo pide un tiempo de lo que ahora se llama relax. Sólo que los viajes, al menos los modernos, no sólo reportan horas de placer, descanso, recreo, cultura, y todo lo demás. Viajar también puede provocar un estrés, cosa muy frecuente en estaciones de transporte y sobre todo en aeropuertos, donde últimamente ya no existe una seguridad al 100% de que el viaje programado y pagado resulte un placer de verdad.
Es difícil encontrar a alguien (entre los viajeros frecuentes o esporádicos) que no haya tenido que dormir en el suelo de un aeropuerto, sobre alguna manta o colchoneta si acaso, por el retraso o la cancelación de un viaje que se pagó anticipadamente, y no muy barato que digamos. Pero lo peor no es dormir en el suelo, lo peor es la incomodidad que causa esa irresponsabilidad, esa falta de rigor, esa situación que cuando estamos en esas condiciones que casi no podemos creer, poco a poco va aumentando el vapor del cuerpo sufriente por causas ajenas, y que termina por convertirse en un mal día, o en unos malos días, durante los cuales maldecimos, sudamos, sentimos deseos de coger por el cuello al responsable (o a los) de nuestro padecimiento, y maldecimos la hora en que se nos ocurrió aceptar la oferta (sin leer la letrica chiquitica debajo del anuncio) y gestionar el viaje que al final, si vamos, no disfrutaremos (porque nos esperan nuevas sorpresas no muy agradables), y si no vamos y regresamos a casa cabizbajos y furiosos, nos costará muchos días recuperarnos del mal rato pasado. Y ni hablar de los registros a los pasajeros, otra prueba que tienen que pasar los que van a intentar volar, en los que ya sólo falta que le apliquen a cada usuario del servicio aéreo una prueba rectal a ver si encuentran algo en... en fin.
Todos hemos visto en la tele esos grupos de viajeros indignados amontonados como abejas en panal, tropezando unos con otros, protestando inútilmente frente a los mostradores de la empresa, gritando, ofendiendo, y al final resignados a no poder llegar al tiempo que se había programado, o a tener que regresar frustrados porque ya no aguantamos más este horror que parece sacado de una película catastrófica o del teatro del absurdo. Porque si lo pensamos bien, resulta absurdo, en pleno siglo XXI, que una compañía de aviación tenga tantos problemas que no puede resolver ocasionándole a sus clientes tanto malestar, tanta incomodidad, tanto fracaso en unas vacaciones que se convierten, por arte de poca o ninguna seriedad, en una pesadilla de la que parece que jamás vamos a despertar.
¿Qué exagero? Quizás. Pero viendo con cuánta frecuencia ocurren estos casos, y leyendo los correos de mi amigo en Miami, sonrío plácidamente, acomodándome en mi poltrona favorita para saborear mejor aquellas dulces palabras que desde niño se metieron dentro de mi cabeza para convertirse en una especie de sentencia: “hogar, dulce hogar”... Pues eso, que viajar es saludable y placentero... pero el hogar creo que es mucho más, sobre todo cuando no tenemos la seguridad al 100% de que nuestro viaje será un verdadero placer que nos hará recordarlo durante mucho tiempo...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado por La Envolvencia el 14 de junio de 2011)
Mi amigo R está en Miami. Desde esa ciudad me envía un correo diario contándome sus desventuras relacionadas con el tiempo que pierde para realizar sus movimientos, pues como no tiene coche (automóvil) tiene que depender de que alguien lo mueva, porque en Miami (quienes han estado allí lo saben) si no tienes coche despídete, y como al parecer todo el mundo tiene coche, los autobuses pasan cada hora, y la espera puede enfermar a cualquiera de los nervios, y el alquiler de los Super Shuttles no es como para andarse con botaratillas de bolsillo. Miami: paraíso de quienes pueden encender un puro con un billete de $5.00... ¿o no?
Pues eso, que mi amigo está cansado, no sólo de Miami, pues suele viajar mucho, y sobre el dulce placer de viajar -según muchos- hemos discutido en varias ocasiones, dejando siempre un margen para continuar, porque entre cubanos las discusiones son, como según Albert Einstein el universo y la estupidez, infinitas. Pero esta vez parece que mi amigo no está disfrutando mucho de su viaje, a juzgar por sus horas perdidas en las que no puede ejercer ninguno de sus placenteros “vicios” literarios, musicales, y sobre todo hogareños, pues es sin dudas un hombre de hogar, como yo he querido siempre ser.
Viajar puede resultar para muchos un placer, un ejercicio del ocio, una acción que se supone aumenta el nivel cultural del viajero, todo eso discutible, pero respetable. Los que disfrutan viajando hacen bien en viajar, sobre todo porque tras un largo período de trabajo y dedicación a negocios, empresas, responsabilidades, o simplemente una labor de atención diaria en cualquier aspecto de la vida, el cuerpo pide un tiempo de lo que ahora se llama relax. Sólo que los viajes, al menos los modernos, no sólo reportan horas de placer, descanso, recreo, cultura, y todo lo demás. Viajar también puede provocar un estrés, cosa muy frecuente en estaciones de transporte y sobre todo en aeropuertos, donde últimamente ya no existe una seguridad al 100% de que el viaje programado y pagado resulte un placer de verdad.
Es difícil encontrar a alguien (entre los viajeros frecuentes o esporádicos) que no haya tenido que dormir en el suelo de un aeropuerto, sobre alguna manta o colchoneta si acaso, por el retraso o la cancelación de un viaje que se pagó anticipadamente, y no muy barato que digamos. Pero lo peor no es dormir en el suelo, lo peor es la incomodidad que causa esa irresponsabilidad, esa falta de rigor, esa situación que cuando estamos en esas condiciones que casi no podemos creer, poco a poco va aumentando el vapor del cuerpo sufriente por causas ajenas, y que termina por convertirse en un mal día, o en unos malos días, durante los cuales maldecimos, sudamos, sentimos deseos de coger por el cuello al responsable (o a los) de nuestro padecimiento, y maldecimos la hora en que se nos ocurrió aceptar la oferta (sin leer la letrica chiquitica debajo del anuncio) y gestionar el viaje que al final, si vamos, no disfrutaremos (porque nos esperan nuevas sorpresas no muy agradables), y si no vamos y regresamos a casa cabizbajos y furiosos, nos costará muchos días recuperarnos del mal rato pasado. Y ni hablar de los registros a los pasajeros, otra prueba que tienen que pasar los que van a intentar volar, en los que ya sólo falta que le apliquen a cada usuario del servicio aéreo una prueba rectal a ver si encuentran algo en... en fin.
Todos hemos visto en la tele esos grupos de viajeros indignados amontonados como abejas en panal, tropezando unos con otros, protestando inútilmente frente a los mostradores de la empresa, gritando, ofendiendo, y al final resignados a no poder llegar al tiempo que se había programado, o a tener que regresar frustrados porque ya no aguantamos más este horror que parece sacado de una película catastrófica o del teatro del absurdo. Porque si lo pensamos bien, resulta absurdo, en pleno siglo XXI, que una compañía de aviación tenga tantos problemas que no puede resolver ocasionándole a sus clientes tanto malestar, tanta incomodidad, tanto fracaso en unas vacaciones que se convierten, por arte de poca o ninguna seriedad, en una pesadilla de la que parece que jamás vamos a despertar.
¿Qué exagero? Quizás. Pero viendo con cuánta frecuencia ocurren estos casos, y leyendo los correos de mi amigo en Miami, sonrío plácidamente, acomodándome en mi poltrona favorita para saborear mejor aquellas dulces palabras que desde niño se metieron dentro de mi cabeza para convertirse en una especie de sentencia: “hogar, dulce hogar”... Pues eso, que viajar es saludable y placentero... pero el hogar creo que es mucho más, sobre todo cuando no tenemos la seguridad al 100% de que nuestro viaje será un verdadero placer que nos hará recordarlo durante mucho tiempo...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado por La Envolvencia el 14 de junio de 2011)
lunes, 13 de enero de 2020
LA NADA EN LA PAGINA
LA PANTALLA EN BLANCO
El miedo a enfrentarse a la dichosa página en blanco que sienten los escritores se ha mantenido intacto desde el tiempo de las trompetas, frase que a mi hija le encanta zumbarme cuando cree que algo de lo que tengo o uso no se ajusta a los tiempos modernos de Charles Chaplin, y con eso me está diciendo anticuado, o antiguo, como dicen ahora los jóvenes, aunque mi hija ya no es joven, pero su espíritu sigue siéndolo a pesar de que hace muchos años me hizo abuelo, y por segunda vez... pero ¿de qué estaba hablando? O mejor, escribiendo... Ah, ya: de la página en blanco que se mantiene en blanco a pesar de que las agujas del reloj continúan moviéndose de izquierda a derecha, lo que para cualquier escritor que se respete es un aviso de que sus musas se han ido al paro (al desempleo) o están de vacaciones, como las de Serrat en su canción tan conocida que comienza “no hago otra cosa que pensar en ti”...
Pero hay muchos miedos como hay muchos escritores (cada día más) y ponerse a pensar qué escribir cuando se tienen deseos de escribir pero no nos sale lo que deseamos escribir como deseamos que salga, a veces termina en una cefalea... y más ahora, porque antes de la computación popularizada hasta el punto que hasta El Tato ya usa el e-mail (qué trabajo nos cuesta hablar en nuestro idioma y decir correo electrónico, o correo a secas para ahorrar) era todo más fácil: teníamos la ventaja de que con un bloc de notas y un mocho de lápiz, cuando las ideas nos regalaran su tiempo de "inspiración", dondequiera que estuviéramos podíamos buscar dónde sentarnos, sacar el cuadernito y el lápiz, y a escribir genialidades, carajo, que para eso éramos escritores que conquistarían al menos el NOBEL algún día... pero ahora, la verdad que andar para un lado y para el otro con un ordenador (computadora), aunque sea de los pequeñitos, es un coñazo que nos impide andar "ligeros" de equipaje, como gritaba Nino Bravo
Y vamos a ver: eso de “que la inspiración me coja trabajando" no se lo cree ni Manolo el del bombo, porque si no hay "inspiración" y nos ponemos a trabajar (a escribir), ¿qué porquería vamos a dejar sobre la pantalla, esperando que vengan las musas a tocarnos los dedos con sus varitas mágicas y los llenen de las genialidades que quisiéramos crear? No, señoras y señores: hay que trabajar, eso sí, diariamente, e intentar hacer las cosas lo mejor que podamos, y además, no esperar a las musas, que esas nunca avisan, pero supongamos que en un momento dado, digamos cuando despertamos a las 04.00 horas, en un tren donde viajamos hacia el Norte del país por cualquier motivo o razón, se nos ocurre algo realmente de maravilla, y en ese momento y en el asiento de ese tren no tenemos ni luz (no vamos a despertar al vecino inmediato, porque no sabemos cómo reaccionaría) ni cuadernito ni lápiz, ¿qué hacemos? ¿Volver a dormirnos con el riesgo de que cuando volvamos a despertar ya ese bombillito que se nos encendió en plena oscuridad no aparezca ni aunque lo llamemos a gritos estentóreos? ¡Ah, Catana!
Pues eso, que ser escritor hoy en día (y en noche mucho más) es una especie de dolor de cabeza. Nunca me he creído a esos escritores que dicen que siempre están inspirados y con deseos de escribir. Hay veces, hay circunstancias, hay ocasiones (para todos los seres humanos) en que no se sienten deseos ni de pasar un finde con Claudia Schiffer (los varones) o con George Clooney (las nenas), y por tanto mucho menos de sentarse a escribir... ¿qué cosas? Vamos, hombre, cuentos para abuelas enfermas, título de un libro cubano de los 60 cuyo autor (o autora) no recuerdo, que me perdone pues. Tampoco me trago eso de que “yo me levanto a las 6 y estoy escribiendo sin parar hasta las 2 de la tarde”... ¡Bendito sea el Señor!, como si uno fuera una máquina que ni siquiera se calienta con la electricidad. Ese ser que asegura eso en una entrevista poco interesante... ¿no se lava la cara?, ¿no hace sus necesidades?,¿no desayuna?, ¿no se cepilla los dientes?, ¿no tiende la cama?, ¿no va a comprar algo al mercadito de la esquina?, ¿o es que tiene una sirvienta que le haga todas esas cosas menos las que nadie puede hacer por él (o por ella)? Pero lo más concreto: cuando lleve dos horas escribiendo sin parar, como asegura, ¿qué saldrá de las teclas? Porque científicamente, ningún ser humano puede generar genialidades “sin parar” durante esas 8 laaaargaaas horas de trabajo constante y sofocante.
Nada, que las palabras salen de las bocas fácilmente, lo difícil es que entren en el meollo de quienes las oyen o las leen. Lo más recomendable sería ponerse a escribir cuando la oportunidad se presente y contemos con las condiciones más propicias como pueden ser: 1) estar en plena forma intelectualmente (cosa no muy fácil), 2) estar en plena forma físicamente (cosa imprescindible, porque escribir -y sobre todo crear- cansa mucho), 3) contar con los aditamentos necesarios como: a) lugar en soledad y silencio, b) equipo de trabajo impecable, c) móvil apagado para no ser interrumpido por nadie y un letrero en la puerta de “perdone, no moleste” o algo parecido. Y aún así, lo que salga de la chola y se registre en la pantalla (porque ya nadie escribe a mano en un papel, supongo, ni tampoco en una Remington de 1955) habrá que revisarlo, analizarlo, corregirlo, pulirlo, y en la mayoría de las veces lanzarlo no al cesto, sino a la papelera de reciclaje, porque si somos escritores de verdad nos daremos cuenta de que lo que hemos creado es poco más o menos que ñiringa de pato... y a esperar hasta que algo nos quede requetebién.
Como ven, el optimismo para seguir siendo eso que llaman escritor me sobra. Pero no me hagan caso, es que da la casualidad que yo no soy Thomas Mann ni León Tolstói...
Por eso mi papelera de reciclaje trabaja tanto en mi computadora, pobrecilla...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado el 5 de julio de 2011 en La Envovencia)
El miedo a enfrentarse a la dichosa página en blanco que sienten los escritores se ha mantenido intacto desde el tiempo de las trompetas, frase que a mi hija le encanta zumbarme cuando cree que algo de lo que tengo o uso no se ajusta a los tiempos modernos de Charles Chaplin, y con eso me está diciendo anticuado, o antiguo, como dicen ahora los jóvenes, aunque mi hija ya no es joven, pero su espíritu sigue siéndolo a pesar de que hace muchos años me hizo abuelo, y por segunda vez... pero ¿de qué estaba hablando? O mejor, escribiendo... Ah, ya: de la página en blanco que se mantiene en blanco a pesar de que las agujas del reloj continúan moviéndose de izquierda a derecha, lo que para cualquier escritor que se respete es un aviso de que sus musas se han ido al paro (al desempleo) o están de vacaciones, como las de Serrat en su canción tan conocida que comienza “no hago otra cosa que pensar en ti”...
Pero hay muchos miedos como hay muchos escritores (cada día más) y ponerse a pensar qué escribir cuando se tienen deseos de escribir pero no nos sale lo que deseamos escribir como deseamos que salga, a veces termina en una cefalea... y más ahora, porque antes de la computación popularizada hasta el punto que hasta El Tato ya usa el e-mail (qué trabajo nos cuesta hablar en nuestro idioma y decir correo electrónico, o correo a secas para ahorrar) era todo más fácil: teníamos la ventaja de que con un bloc de notas y un mocho de lápiz, cuando las ideas nos regalaran su tiempo de "inspiración", dondequiera que estuviéramos podíamos buscar dónde sentarnos, sacar el cuadernito y el lápiz, y a escribir genialidades, carajo, que para eso éramos escritores que conquistarían al menos el NOBEL algún día... pero ahora, la verdad que andar para un lado y para el otro con un ordenador (computadora), aunque sea de los pequeñitos, es un coñazo que nos impide andar "ligeros" de equipaje, como gritaba Nino Bravo
Y vamos a ver: eso de “que la inspiración me coja trabajando" no se lo cree ni Manolo el del bombo, porque si no hay "inspiración" y nos ponemos a trabajar (a escribir), ¿qué porquería vamos a dejar sobre la pantalla, esperando que vengan las musas a tocarnos los dedos con sus varitas mágicas y los llenen de las genialidades que quisiéramos crear? No, señoras y señores: hay que trabajar, eso sí, diariamente, e intentar hacer las cosas lo mejor que podamos, y además, no esperar a las musas, que esas nunca avisan, pero supongamos que en un momento dado, digamos cuando despertamos a las 04.00 horas, en un tren donde viajamos hacia el Norte del país por cualquier motivo o razón, se nos ocurre algo realmente de maravilla, y en ese momento y en el asiento de ese tren no tenemos ni luz (no vamos a despertar al vecino inmediato, porque no sabemos cómo reaccionaría) ni cuadernito ni lápiz, ¿qué hacemos? ¿Volver a dormirnos con el riesgo de que cuando volvamos a despertar ya ese bombillito que se nos encendió en plena oscuridad no aparezca ni aunque lo llamemos a gritos estentóreos? ¡Ah, Catana!
Pues eso, que ser escritor hoy en día (y en noche mucho más) es una especie de dolor de cabeza. Nunca me he creído a esos escritores que dicen que siempre están inspirados y con deseos de escribir. Hay veces, hay circunstancias, hay ocasiones (para todos los seres humanos) en que no se sienten deseos ni de pasar un finde con Claudia Schiffer (los varones) o con George Clooney (las nenas), y por tanto mucho menos de sentarse a escribir... ¿qué cosas? Vamos, hombre, cuentos para abuelas enfermas, título de un libro cubano de los 60 cuyo autor (o autora) no recuerdo, que me perdone pues. Tampoco me trago eso de que “yo me levanto a las 6 y estoy escribiendo sin parar hasta las 2 de la tarde”... ¡Bendito sea el Señor!, como si uno fuera una máquina que ni siquiera se calienta con la electricidad. Ese ser que asegura eso en una entrevista poco interesante... ¿no se lava la cara?, ¿no hace sus necesidades?,¿no desayuna?, ¿no se cepilla los dientes?, ¿no tiende la cama?, ¿no va a comprar algo al mercadito de la esquina?, ¿o es que tiene una sirvienta que le haga todas esas cosas menos las que nadie puede hacer por él (o por ella)? Pero lo más concreto: cuando lleve dos horas escribiendo sin parar, como asegura, ¿qué saldrá de las teclas? Porque científicamente, ningún ser humano puede generar genialidades “sin parar” durante esas 8 laaaargaaas horas de trabajo constante y sofocante.
Nada, que las palabras salen de las bocas fácilmente, lo difícil es que entren en el meollo de quienes las oyen o las leen. Lo más recomendable sería ponerse a escribir cuando la oportunidad se presente y contemos con las condiciones más propicias como pueden ser: 1) estar en plena forma intelectualmente (cosa no muy fácil), 2) estar en plena forma físicamente (cosa imprescindible, porque escribir -y sobre todo crear- cansa mucho), 3) contar con los aditamentos necesarios como: a) lugar en soledad y silencio, b) equipo de trabajo impecable, c) móvil apagado para no ser interrumpido por nadie y un letrero en la puerta de “perdone, no moleste” o algo parecido. Y aún así, lo que salga de la chola y se registre en la pantalla (porque ya nadie escribe a mano en un papel, supongo, ni tampoco en una Remington de 1955) habrá que revisarlo, analizarlo, corregirlo, pulirlo, y en la mayoría de las veces lanzarlo no al cesto, sino a la papelera de reciclaje, porque si somos escritores de verdad nos daremos cuenta de que lo que hemos creado es poco más o menos que ñiringa de pato... y a esperar hasta que algo nos quede requetebién.
Como ven, el optimismo para seguir siendo eso que llaman escritor me sobra. Pero no me hagan caso, es que da la casualidad que yo no soy Thomas Mann ni León Tolstói...
Por eso mi papelera de reciclaje trabaja tanto en mi computadora, pobrecilla...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado el 5 de julio de 2011 en La Envovencia)
lunes, 6 de enero de 2020
¿EXISTE DE VERDAD LA MUERTE?
¿Y SI NADIE SE MUERE?
Confieso que tomé el libro en mis manos con cierto recelo, porque su autor se ha mantenido siempre alejado de mis inquietudes literarias, un error que admito cometer con frecuencia, pues las obras de arte deben disfrutarse independientemente del tipo de personas que sean sus creadores: si fuéramos tajantes, no leeríamos nada, no gozaríamos de ninguna obra teatral, de ninguna exposición de pintura, de ninguna pieza musical, pues son realmente pocos los grandes autores que tienen un historial impoluto en su moral, su comportamiento, su posición social, cultural o política. Por eso prefiero admirar esas obras y no ocuparme de sus autores, pensando que siempre lo que dejarán estará por encima de lo que ellos fueron en sus vidas privadas. Y eso es lo que cuenta.
Y eso es lo que cuenta en la novela LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago, que por la habilidad del autor agarra enseguida a quien la lee, que no quiere soltarla a ver qué es lo que va a suceder en la próxima página. Creo que si no la principal, esa es una de las virtudes que tiene la obra: comienza a leerse y cada minuto el novelista intenta (y lo consigue) con brillantez y economía de descripciones, interesar más y más al lector en los simples y tremendos avatares que sus personajes presentan, enfrentados a una situación tan fuera de lo normal que parece virtual: obra de magia o fantasía, traída con cuidado a la realidad que se narra, colocando a quien lee sus páginas con verdadero interés frente a un tema tan fuerte y sobrecogedor que no puede desecharse: la muerte.
La muerte siempre ha sido una especie de obsesión en grandes creadores en cuyas obras se refleja esa constancia: en cineastas como Ingmar Bergman, en escritores como Thomas Mann, en dramaturgos como William Shakespeare, hasta en países como México, donde la muerte toma partido en la idiosincrasia de ese noble pueblo sacudido actualmente por el salvajismo y la barbarie (ya Juan Rulfo se ha encargado de narrar cuánta influencia tiene la muerte en el quehacer notorio de los mexicanos). Entonces se aparece este autor con la muerte como protagonista, planteando un nuevo reto a la inteligencia humana en tono de ficción: ¿qué sucedería si de pronto la muerte desaparece de nuestro mundo? O sea, si de pronto la gente dejara de morirse... Y eso es precisamente lo que se pregunta Saramago y a su vez nos muestra en un supuesto de que los seres humanos continuaran viviendo, pero... en fin, que en la novela se plantea una posible respuesta a esa negativa de la parca en llevarse con ella a los habitantes de un pueblo donde ya nadie muere.
Sin dudas, un tema no basta por sí solo para lograr el interés por una obra escrita ni la calidad que la destaque del común de tantas obras que se escriben y se publican sin tener las mínimas condiciones estéticas, para sumarse a las estanterías de los libros que reposan esperando algún lector todavía cándido que se interese por comprarlos. Pero esta novela de Saramago, además del tema que siempre resulta atractivo (la muerte es más natural que la propia vida, pues puedes nacer o no, pero una vez nacido tienes que morir) está tan bien hecha (no digo escrita, pues es casi una construcción manual de impecable factura) que ningún lector que comience puede abandonar su lectura sin llegar al fin, sin enterarse de lo que el autor plantea que sucedería si en este mundo que nos ha tocado dejáramos de morirnos para seguir viviendo hasta... y ahí radica su gran atractivo.
Formidable novela de Saramago, muy hábilmente estructurada, con sondeos a la tensión que despiertan sus sucesos, algo de misterio con compás de espera y mucho de excitación ante la idea de burlar la muerte para ver qué pasa si eso sucede. Y la pregunta inobviable: ¿cómo viviríamos si pudiéramos vivir eternamente? ¡Ah! Pregunta clave en la novela. Y respuesta quizás sorpresiva, o quizás sobrecogedora.
De adolescente leí una novela en que alguien que no quería morir, intentó pactar con Satanás (no me refiero al Fausto ni a El retrato de Dorian Gray ni a otras piezas clásicas que toman este asunto para fabularlo) para seguir viviendo indefinidamente. Pero no le pididó, como Dorian Gray, seguir viviendo joven, sino sólo seguir viviendo. Al cabo de decenas de páginas, el narrador le planteaba al lector una pregunta que erizaba los pelos:
--¿Has visto tú a un hombre de 250 años?
Tras leer esa novela, decididamente, no me gustaría encontrarme con un ser que haya llegado a esa avanzada edad...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado en La Envolvencia el 26 de mayo de 2011)
Confieso que tomé el libro en mis manos con cierto recelo, porque su autor se ha mantenido siempre alejado de mis inquietudes literarias, un error que admito cometer con frecuencia, pues las obras de arte deben disfrutarse independientemente del tipo de personas que sean sus creadores: si fuéramos tajantes, no leeríamos nada, no gozaríamos de ninguna obra teatral, de ninguna exposición de pintura, de ninguna pieza musical, pues son realmente pocos los grandes autores que tienen un historial impoluto en su moral, su comportamiento, su posición social, cultural o política. Por eso prefiero admirar esas obras y no ocuparme de sus autores, pensando que siempre lo que dejarán estará por encima de lo que ellos fueron en sus vidas privadas. Y eso es lo que cuenta.
Y eso es lo que cuenta en la novela LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago, que por la habilidad del autor agarra enseguida a quien la lee, que no quiere soltarla a ver qué es lo que va a suceder en la próxima página. Creo que si no la principal, esa es una de las virtudes que tiene la obra: comienza a leerse y cada minuto el novelista intenta (y lo consigue) con brillantez y economía de descripciones, interesar más y más al lector en los simples y tremendos avatares que sus personajes presentan, enfrentados a una situación tan fuera de lo normal que parece virtual: obra de magia o fantasía, traída con cuidado a la realidad que se narra, colocando a quien lee sus páginas con verdadero interés frente a un tema tan fuerte y sobrecogedor que no puede desecharse: la muerte.
La muerte siempre ha sido una especie de obsesión en grandes creadores en cuyas obras se refleja esa constancia: en cineastas como Ingmar Bergman, en escritores como Thomas Mann, en dramaturgos como William Shakespeare, hasta en países como México, donde la muerte toma partido en la idiosincrasia de ese noble pueblo sacudido actualmente por el salvajismo y la barbarie (ya Juan Rulfo se ha encargado de narrar cuánta influencia tiene la muerte en el quehacer notorio de los mexicanos). Entonces se aparece este autor con la muerte como protagonista, planteando un nuevo reto a la inteligencia humana en tono de ficción: ¿qué sucedería si de pronto la muerte desaparece de nuestro mundo? O sea, si de pronto la gente dejara de morirse... Y eso es precisamente lo que se pregunta Saramago y a su vez nos muestra en un supuesto de que los seres humanos continuaran viviendo, pero... en fin, que en la novela se plantea una posible respuesta a esa negativa de la parca en llevarse con ella a los habitantes de un pueblo donde ya nadie muere.
Sin dudas, un tema no basta por sí solo para lograr el interés por una obra escrita ni la calidad que la destaque del común de tantas obras que se escriben y se publican sin tener las mínimas condiciones estéticas, para sumarse a las estanterías de los libros que reposan esperando algún lector todavía cándido que se interese por comprarlos. Pero esta novela de Saramago, además del tema que siempre resulta atractivo (la muerte es más natural que la propia vida, pues puedes nacer o no, pero una vez nacido tienes que morir) está tan bien hecha (no digo escrita, pues es casi una construcción manual de impecable factura) que ningún lector que comience puede abandonar su lectura sin llegar al fin, sin enterarse de lo que el autor plantea que sucedería si en este mundo que nos ha tocado dejáramos de morirnos para seguir viviendo hasta... y ahí radica su gran atractivo.
Formidable novela de Saramago, muy hábilmente estructurada, con sondeos a la tensión que despiertan sus sucesos, algo de misterio con compás de espera y mucho de excitación ante la idea de burlar la muerte para ver qué pasa si eso sucede. Y la pregunta inobviable: ¿cómo viviríamos si pudiéramos vivir eternamente? ¡Ah! Pregunta clave en la novela. Y respuesta quizás sorpresiva, o quizás sobrecogedora.
De adolescente leí una novela en que alguien que no quería morir, intentó pactar con Satanás (no me refiero al Fausto ni a El retrato de Dorian Gray ni a otras piezas clásicas que toman este asunto para fabularlo) para seguir viviendo indefinidamente. Pero no le pididó, como Dorian Gray, seguir viviendo joven, sino sólo seguir viviendo. Al cabo de decenas de páginas, el narrador le planteaba al lector una pregunta que erizaba los pelos:
--¿Has visto tú a un hombre de 250 años?
Tras leer esa novela, decididamente, no me gustaría encontrarme con un ser que haya llegado a esa avanzada edad...
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado en La Envolvencia el 26 de mayo de 2011)
lunes, 30 de diciembre de 2019
LOS QUE SABEN QUERER
LOS NIÑOS, LOS QUE SABEN QUERER
Acabo de leer la novela El niño con el pijama de rayas (The boy in the striped pyjamas) del escritor irlandés John Boyne. Es un libro hermoso y triste, muy triste, que deberían leer todos los adolescentes, los jóvenes y todos los seres humanos que piensan que esta humanidad puede mejorar, porque esta novela, cuando se llega a su página final, resulta aleccionadora, y el lector siente como un fuerte golpe en el pecho, provocado por ese engendro diabólico llamado guerra que en pleno siglo XXI sigue ocasionándole múltiples sufrimientos a los pueblos de este pobre planeta.
Sin dudas se trata de un libro contra la guerra. Libros contra la guerra hay muchos, así como películas, programas radiales y televisivos, discursos, etc., pero éste tiene algo que lo coloca en un lugar referente de la literatura anti-bélica: enfrenta la barbarie de la guerra con ternura, con amor, mostrando la amistad de dos niños que viven dentro de esa situación que divide a los seres humanos en dueños y esclavos, en opresores y oprimidos, a pesar de que su argumento se desarrolla en una época reciente cuando ya no debería existir ningún tipo de esclavitud. Y sin embargo, existió, y lo peor aún, que todavía existe, en pleno siglo XXI.
No voy a contar el argumento, ni por supuesto su final, sólo recomendar a quienes como yo odian las guerras con toda la fuerza de su sangre, la lectura de esta novela, con el logro de esos dos personajes niños que enamoran con sus actos, su inocencia, sus diálogos tan logrados que parece que estamos oyéndolos, y su estupor ante la barbarie de una guerra que jamás comprenderán, y en uno de los niños su asombro convertido en confusión cuando va descubriendo lentamente la realidad que lo rodea, dentro de su status de hijo de un oficial de alto cargo, con su nuevo amiguito, dentro de los seres humanos esclavizados por el horror del nazismo.
Boyne ha logrado novelar una historia que seguramente se repitió con frecuencia durante la ocupación alemana de varios países europeos, con un lenguaje delicado y suave, precisamente obteniendo con su uso el impacto que sacude al lector con la inocencia de esos dos niños viviendo dentro de un absurdo que de un lado de la alambrada resulta incomprensible y del otro inevitable, en toda su fuerza de realismo cruel que mata ese mundo infantil de sueños y fantasías, postergado a la fuerza por la guerra salvaje que no les deja realizarse como niños con su mundo tan distinto al mundo en que viven inmersos en ambos lados de la cerca.
Libro apasionante que no permite pausas. Hay que leerlo cuidadosamente, hay que meditar su mensaje que como en las grandes obras se nos da indirectamente para no ser digerido como un panfleto más ni como una obra politizada que tan malos resultados han dado siempre cuando se intenta convertir la literatura en mensaje ideológico o polìtico. Y esa es la gran virtud de El niño con el pijama de rayas: el mensaje llega con más fuerza, porque parece que no está en ninguna página.
AUGUSTO LAZARO
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado el 21 de mayo de 2011 en La Envolvencia)
Acabo de leer la novela El niño con el pijama de rayas (The boy in the striped pyjamas) del escritor irlandés John Boyne. Es un libro hermoso y triste, muy triste, que deberían leer todos los adolescentes, los jóvenes y todos los seres humanos que piensan que esta humanidad puede mejorar, porque esta novela, cuando se llega a su página final, resulta aleccionadora, y el lector siente como un fuerte golpe en el pecho, provocado por ese engendro diabólico llamado guerra que en pleno siglo XXI sigue ocasionándole múltiples sufrimientos a los pueblos de este pobre planeta.
Sin dudas se trata de un libro contra la guerra. Libros contra la guerra hay muchos, así como películas, programas radiales y televisivos, discursos, etc., pero éste tiene algo que lo coloca en un lugar referente de la literatura anti-bélica: enfrenta la barbarie de la guerra con ternura, con amor, mostrando la amistad de dos niños que viven dentro de esa situación que divide a los seres humanos en dueños y esclavos, en opresores y oprimidos, a pesar de que su argumento se desarrolla en una época reciente cuando ya no debería existir ningún tipo de esclavitud. Y sin embargo, existió, y lo peor aún, que todavía existe, en pleno siglo XXI.
No voy a contar el argumento, ni por supuesto su final, sólo recomendar a quienes como yo odian las guerras con toda la fuerza de su sangre, la lectura de esta novela, con el logro de esos dos personajes niños que enamoran con sus actos, su inocencia, sus diálogos tan logrados que parece que estamos oyéndolos, y su estupor ante la barbarie de una guerra que jamás comprenderán, y en uno de los niños su asombro convertido en confusión cuando va descubriendo lentamente la realidad que lo rodea, dentro de su status de hijo de un oficial de alto cargo, con su nuevo amiguito, dentro de los seres humanos esclavizados por el horror del nazismo.
Boyne ha logrado novelar una historia que seguramente se repitió con frecuencia durante la ocupación alemana de varios países europeos, con un lenguaje delicado y suave, precisamente obteniendo con su uso el impacto que sacude al lector con la inocencia de esos dos niños viviendo dentro de un absurdo que de un lado de la alambrada resulta incomprensible y del otro inevitable, en toda su fuerza de realismo cruel que mata ese mundo infantil de sueños y fantasías, postergado a la fuerza por la guerra salvaje que no les deja realizarse como niños con su mundo tan distinto al mundo en que viven inmersos en ambos lados de la cerca.
Libro apasionante que no permite pausas. Hay que leerlo cuidadosamente, hay que meditar su mensaje que como en las grandes obras se nos da indirectamente para no ser digerido como un panfleto más ni como una obra politizada que tan malos resultados han dado siempre cuando se intenta convertir la literatura en mensaje ideológico o polìtico. Y esa es la gran virtud de El niño con el pijama de rayas: el mensaje llega con más fuerza, porque parece que no está en ninguna página.
AUGUSTO LAZARO
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado el 21 de mayo de 2011 en La Envolvencia)
lunes, 23 de diciembre de 2019
¿VIVIR SIN ILUSIONES?
¿ILUSIONES VANAS?
Cuando Balzac terminó de escribir su novela Las ilusiones perdidas en 1843 seguramente que se puso a meditar y quizás llegó a la conclusión de que las ilusiones casi siempre son perdidas, porque el hombre no puede vivir sin ellas, pero tampoco con todas ellas realizadas, pues entonces, ¿de qué viviría en lo adelante?
Si el hombre carece totalmente de ilusiones que lo motiven para desear seguir viviendo, posiblemente terminará suicidándose o enfermándose de algún mal mental que no tiene cura porque no existe medicina que logre curar el mal de no desear vivir. Pero así mismo, si el hombre sólo vive de sus ilusiones, se hará realidad aquel refrán que oímos desde niños, tomado de una de las grandes obras de la literatura del siglo XX: quien vive de ilusiones... muere de desengaños. De donde podemos concluir en dos supuestos antípodas: ¿es necesario tener ilusiones para vivir?, y ¿podemos vivir sin tener ilusiones?
Si preguntamos a un mendigo que vive en la calle y no quiere de ninguna manera vivir en un albergue cuál es su ilusión en la vida, posiblemente no sabrá qué responder, pues se ha hecho en él costumbre el vivir el momento y no acordarse de que en la (su) vida existen ilusiones. Sin embargo, ese mendigo no será nunca capaz de suicidarse. Y preguntamos entonces: ¿para qué quiere seguir viviendo en esas condiciones, si no tiene ninguna ilusión sobre un futuro en que quizás ya no esté en esa calle donde vive actualmente? Pues lo que ocurre es que ese mendigo no tiene "problemas" acuciantes como puede tenerlos el Príncipe de Gales, aunque esta afirmación parezca exagerada. ¿Por qué? Porque el mendigo no piensa en ningún tipo de problemas: se ha acostumbrado a esa vida y ya él mismo no se concibe en otra, al igual que el preso que ha pasado tanto tiempo en una cárcel que cuando lo liberan no quiere salir de su celda, pues no podría adaptarse otra vez a la vida en libertad.
Las ilusiones pueden ayudar, beneficiar o perjudicar, de acuerdo con la circunstancia en que se tengan, su intensidad, la manera en que se afronten y cómo se desarrollen, porque las hay que se vuelven obsesivas y una obsesión, las más de las veces, causa estragos en la psiquis de cualquier persona. Hay ilusiones laborales: quien piensa obtener un buen trabajo en poco tiempo, en el que verá realizado su sueño de trabajador, geográficas: cuando se percibe una oportunidad para cambiar de ciudad, de provincia, de país, si se desea salir de donde se está, de salud: si se tiene alguna enfermedad preocupante y existe una posibilidad comunicada de su cura a corto plazo que traerá otra vez la sensación de alegría y bienestar, las amorosas: donde se está en esa fase tan humana y universal del enamoramiento y se acerca la hora en que el motivo de ese amor corresponderá a los reclamos que mantienen a cualquier persona en estado permanente de pensar en el ser amado y desear estar con ese ser, y en fin, ilusiones hay para escoger, y todas, mientras no se materializan, mantienen al hombre (a la mujer) en stand by de combate, pues por esa ilusión los deseos de seguir viviendo jamás merman ni desaparecen. Ahora bien: cuando esa ilusión se materializa... entonces otro gallo es el que canta.
¿Qué sucedería si cuando logramos materializar la ilusión que tenemos y que nos ha mantenido con deseos de vivir no aparece otra nueva? Hay quienes dicen que han vivido toda su vida de ilusión en ilusión, que siempre ha aparecido una nueva cuando han alcanzado la actual, pero hay otros que están tristes, o en estado melancólico, que nunca sonríen, que parecen ser depositarios de una terrible noticia, etc. Son esos que vemos que nos parecen personas amargadas o quizás ensimismadas en sus problemas y a las que no les interesan los problemas de los demás, ni siquiera el destino de la humanidad. Esas personas no tienen ilusiones. Y no se dan cuenta de que las necesitan. Y sólo cuando logran tener alguna, vuelven a ser personas normales, con tendencia a la sonrisa, a la alegría, a vivir la vida lo mejor que puedan según sus recursos, pero nunca dar la imagen de aguafiestas ni de rompegrupos. Porque ese es el milagro de una ilusión.
Sin embargo, una ilusión puede llegar a hacer que idealicemos a alguien o a algo, y eso realmente hará más daño que provecho, porque cuando idealizamos a alguien y pasa el tiempo y descubrimos que ese alguien no es lo que creíamos, nos cae encima, con todo su peso, el trágico poder de la decepción, que casi siempre conduce a un estado de apatía y de descreimiento que dedicamos no a una nueva persona, sino a toda la humanidad. Por eso hay que tener cuidado con idealizar. A las personas que conozcamos debemos aceptarlas o no, con sus virtudes y sus defectos, y no creernos nunca que hemos encontrado a la perfección hecha mujer (u hombre), porque la perfección no existe ni podrá existir nunca, en nadie ni en nada. La Naturaleza dicen que es sabia, y la sabiduría consiste en eso, precisamente: en que los seres humanos no pueden ser perfectos, como tampoco lo es la Naturaleza. Oigamos el pensamiento de José Martí que puso el punto en el justo lugar, como solía hacer casi siempre: Dijo el Apóstol de la Independencia de Cuba:
Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, y el sol tiene manchas... los agradecidos hablan de su luz y su calor, los malagradecidos hablan de sus manchas
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)
Cuando Balzac terminó de escribir su novela Las ilusiones perdidas en 1843 seguramente que se puso a meditar y quizás llegó a la conclusión de que las ilusiones casi siempre son perdidas, porque el hombre no puede vivir sin ellas, pero tampoco con todas ellas realizadas, pues entonces, ¿de qué viviría en lo adelante?
Si el hombre carece totalmente de ilusiones que lo motiven para desear seguir viviendo, posiblemente terminará suicidándose o enfermándose de algún mal mental que no tiene cura porque no existe medicina que logre curar el mal de no desear vivir. Pero así mismo, si el hombre sólo vive de sus ilusiones, se hará realidad aquel refrán que oímos desde niños, tomado de una de las grandes obras de la literatura del siglo XX: quien vive de ilusiones... muere de desengaños. De donde podemos concluir en dos supuestos antípodas: ¿es necesario tener ilusiones para vivir?, y ¿podemos vivir sin tener ilusiones?
Si preguntamos a un mendigo que vive en la calle y no quiere de ninguna manera vivir en un albergue cuál es su ilusión en la vida, posiblemente no sabrá qué responder, pues se ha hecho en él costumbre el vivir el momento y no acordarse de que en la (su) vida existen ilusiones. Sin embargo, ese mendigo no será nunca capaz de suicidarse. Y preguntamos entonces: ¿para qué quiere seguir viviendo en esas condiciones, si no tiene ninguna ilusión sobre un futuro en que quizás ya no esté en esa calle donde vive actualmente? Pues lo que ocurre es que ese mendigo no tiene "problemas" acuciantes como puede tenerlos el Príncipe de Gales, aunque esta afirmación parezca exagerada. ¿Por qué? Porque el mendigo no piensa en ningún tipo de problemas: se ha acostumbrado a esa vida y ya él mismo no se concibe en otra, al igual que el preso que ha pasado tanto tiempo en una cárcel que cuando lo liberan no quiere salir de su celda, pues no podría adaptarse otra vez a la vida en libertad.
Las ilusiones pueden ayudar, beneficiar o perjudicar, de acuerdo con la circunstancia en que se tengan, su intensidad, la manera en que se afronten y cómo se desarrollen, porque las hay que se vuelven obsesivas y una obsesión, las más de las veces, causa estragos en la psiquis de cualquier persona. Hay ilusiones laborales: quien piensa obtener un buen trabajo en poco tiempo, en el que verá realizado su sueño de trabajador, geográficas: cuando se percibe una oportunidad para cambiar de ciudad, de provincia, de país, si se desea salir de donde se está, de salud: si se tiene alguna enfermedad preocupante y existe una posibilidad comunicada de su cura a corto plazo que traerá otra vez la sensación de alegría y bienestar, las amorosas: donde se está en esa fase tan humana y universal del enamoramiento y se acerca la hora en que el motivo de ese amor corresponderá a los reclamos que mantienen a cualquier persona en estado permanente de pensar en el ser amado y desear estar con ese ser, y en fin, ilusiones hay para escoger, y todas, mientras no se materializan, mantienen al hombre (a la mujer) en stand by de combate, pues por esa ilusión los deseos de seguir viviendo jamás merman ni desaparecen. Ahora bien: cuando esa ilusión se materializa... entonces otro gallo es el que canta.
¿Qué sucedería si cuando logramos materializar la ilusión que tenemos y que nos ha mantenido con deseos de vivir no aparece otra nueva? Hay quienes dicen que han vivido toda su vida de ilusión en ilusión, que siempre ha aparecido una nueva cuando han alcanzado la actual, pero hay otros que están tristes, o en estado melancólico, que nunca sonríen, que parecen ser depositarios de una terrible noticia, etc. Son esos que vemos que nos parecen personas amargadas o quizás ensimismadas en sus problemas y a las que no les interesan los problemas de los demás, ni siquiera el destino de la humanidad. Esas personas no tienen ilusiones. Y no se dan cuenta de que las necesitan. Y sólo cuando logran tener alguna, vuelven a ser personas normales, con tendencia a la sonrisa, a la alegría, a vivir la vida lo mejor que puedan según sus recursos, pero nunca dar la imagen de aguafiestas ni de rompegrupos. Porque ese es el milagro de una ilusión.
Sin embargo, una ilusión puede llegar a hacer que idealicemos a alguien o a algo, y eso realmente hará más daño que provecho, porque cuando idealizamos a alguien y pasa el tiempo y descubrimos que ese alguien no es lo que creíamos, nos cae encima, con todo su peso, el trágico poder de la decepción, que casi siempre conduce a un estado de apatía y de descreimiento que dedicamos no a una nueva persona, sino a toda la humanidad. Por eso hay que tener cuidado con idealizar. A las personas que conozcamos debemos aceptarlas o no, con sus virtudes y sus defectos, y no creernos nunca que hemos encontrado a la perfección hecha mujer (u hombre), porque la perfección no existe ni podrá existir nunca, en nadie ni en nada. La Naturaleza dicen que es sabia, y la sabiduría consiste en eso, precisamente: en que los seres humanos no pueden ser perfectos, como tampoco lo es la Naturaleza. Oigamos el pensamiento de José Martí que puso el punto en el justo lugar, como solía hacer casi siempre: Dijo el Apóstol de la Independencia de Cuba:
Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, y el sol tiene manchas... los agradecidos hablan de su luz y su calor, los malagradecidos hablan de sus manchas
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicado en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)
domingo, 15 de diciembre de 2019
AMISTAD, DIVINO TESORO
¿AMIGOS PARA SIEMPRE?
Tengo un amigo que me escribe diariamente, siempre hablándome de cosas interesantes, por eso le correspondo y le envío un correo a su vez por cada uno recibido. Es como si nos viéramos todos los días, a pesar de que ese amigo vive al otro lado del Atlántico. Me recuerda a mi madre, quien en vida solía enviarme una carta (entonces postal) cada semana, a la que yo debía responder de inmediato, porque ¡cuidado! con no hacerlo: eso le causaba una especie de espanto, porque siempre, trágica ella al fin, pensaba que algo malo me había sucedido. En ese caso también vivìamos distantes, aunque en el mismo país, por suerte. Antes de Internet, las cartas tenían un sello personal, eran más íntimas, traían aquel encanto de la letra a mano, y tras abrir el sobre con ilusión o curiosidad, podíamos tomar el papel que antes había estado en las manos de quien nos escribía. Ahora todo se ha vuelto mecánico, ahora es como si nos comunicáramos con una máquina sin personalidad ni ilusión... Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de mi relación con el amigo citado.
Ese amigo, que es un gran amigo, se dedica a actividades culturales e intelectuales, pues es musicólogo, cantautor, poeta y otras yerbas de la farándula. Y en los últimos años, según me cuenta, se ha encuevado como yo, porque dice que la calle no le dice nada, no le llama, no lo atrae, y sobre todo, que se siente mejor en su casa, con sus cosas (léase sus equipos además de sus colecciones de sellos de correos que le recuerdan que no siempre todo ha sido Internet e Informática, modernos e impersonales), como también me siento yo, pues cuando estoy mucho rato en la calle siento la llamadita que me recuerda ese refrán tan verdadero que dice "hogar, dulce hogar". Pero sucede que un día nos damos cuenta de que no nos alcanza el tiempo para atender a todos nuestros equipos que atendimos con ahínco y dedicación al comprarlos durante las primeras semanas, y después fuimos dejándolos aparte, usándolos de vez en cuando, percatándonos de que cada día nuestro espacio se llenaba de nuevas adquisiciones que al desempacarlas nunca nos preguntábamos si disponíamos de tiempo para su uso y disfrute.
Pues ese amigo y yo nos peleamos con bastante frecuencia, porque cada uno de nosotros defiende sus puntos de vista con verdadera pasión, y nuestros correos son verdaderos encantos de hasta dónde pueden dos personas "ponerse verdes" y seguir después, como si nada, intercambiando criterios, opiniones, razonamientos, que a veces tienen coincidencia (las más de las veces) pero que cuando no la tienen provocan este tipo de discusiones que logramos mantener sin renunciar a lo que creemos y sostenemos. Es que los latinos somos así, apasionados a veces hasta el límite, sobre todo cuando discutimos sobre temas que en algunos lugares son considerados tabúes, como la política, por ejemplo, que es algo que sólo sirve "para enemistar y dividir".
Una amiga cubana residente en Madrid me dijo un día que cómo era posible que mi amigo y yo, si éramos tan amigos, sostuviéramos tantas "discusiones" que la hicieron llamarnos "el perro y el gato" sin especificar cuál de los dos era el perro y cuál el gato (esa amiga también conoce al susodicho). Pero ella no se da cuenta de que así concebimos nosotros (mi amigo y yo) la amistad, cuando es verdadera, sincera, incondicional y eterna. Sólo le dije:
--Si fuéramos hipócritas, estaríamos de acuerdo con todo lo que el otro dice. Como somos verdaderos amigos, somos sinceros y mostramos nuestros puntos de vista sin ningún tapujo.
Si no se tiene ese concepto, la amistad no existe. Para mí, desde luego. Porque yo no perdería ni un solo minuto de mi tiempo (mi tesoro más importante después de la salud) discutiendo con alguien por quien no sintiera esa amistad, con alguien que simplmente no me interesara: para discutir bien fuerte, para discrepar, para dedir NO algunas veces a alguien cuando creemos que debemos decirlo, hay que ser amigos, hay que sentir una verdadera amistad hacia ese alguien. De lo contrario, sólo seríamos un par de imbéciles discutiendo inútilmente, aceptando todo lo que el interlocutor sancione como verdad absoluta. Y la verdad absoluta no existe: nadie tiene su llave, nadie posee su clave definitiva. Cada cual tiene su verdad y cuando existe la amistad, no se trata de enemistarse con el otro porque sustente una verdad distinta a la nuestra.
Deberíamos meditar sobre este aspecto de las relaciones humanas y no creernos, como a veces nos creemos (en muchos casos siempre) que somos el ombligo del mundo, que tenemos razón en todo lo que se nos ocurre plantear, que después de nos el diluvio, etc. Es bueno recordar a quien dijo (no recuerdo ahora quién) que “el hombre es el único ser vivo que bebe sin tener sed, come sin tener hambre, y habla sin tener nada que decir”... Después de esto, la escampada. Seguro.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicada en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)
Tengo un amigo que me escribe diariamente, siempre hablándome de cosas interesantes, por eso le correspondo y le envío un correo a su vez por cada uno recibido. Es como si nos viéramos todos los días, a pesar de que ese amigo vive al otro lado del Atlántico. Me recuerda a mi madre, quien en vida solía enviarme una carta (entonces postal) cada semana, a la que yo debía responder de inmediato, porque ¡cuidado! con no hacerlo: eso le causaba una especie de espanto, porque siempre, trágica ella al fin, pensaba que algo malo me había sucedido. En ese caso también vivìamos distantes, aunque en el mismo país, por suerte. Antes de Internet, las cartas tenían un sello personal, eran más íntimas, traían aquel encanto de la letra a mano, y tras abrir el sobre con ilusión o curiosidad, podíamos tomar el papel que antes había estado en las manos de quien nos escribía. Ahora todo se ha vuelto mecánico, ahora es como si nos comunicáramos con una máquina sin personalidad ni ilusión... Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de mi relación con el amigo citado.
Ese amigo, que es un gran amigo, se dedica a actividades culturales e intelectuales, pues es musicólogo, cantautor, poeta y otras yerbas de la farándula. Y en los últimos años, según me cuenta, se ha encuevado como yo, porque dice que la calle no le dice nada, no le llama, no lo atrae, y sobre todo, que se siente mejor en su casa, con sus cosas (léase sus equipos además de sus colecciones de sellos de correos que le recuerdan que no siempre todo ha sido Internet e Informática, modernos e impersonales), como también me siento yo, pues cuando estoy mucho rato en la calle siento la llamadita que me recuerda ese refrán tan verdadero que dice "hogar, dulce hogar". Pero sucede que un día nos damos cuenta de que no nos alcanza el tiempo para atender a todos nuestros equipos que atendimos con ahínco y dedicación al comprarlos durante las primeras semanas, y después fuimos dejándolos aparte, usándolos de vez en cuando, percatándonos de que cada día nuestro espacio se llenaba de nuevas adquisiciones que al desempacarlas nunca nos preguntábamos si disponíamos de tiempo para su uso y disfrute.
Pues ese amigo y yo nos peleamos con bastante frecuencia, porque cada uno de nosotros defiende sus puntos de vista con verdadera pasión, y nuestros correos son verdaderos encantos de hasta dónde pueden dos personas "ponerse verdes" y seguir después, como si nada, intercambiando criterios, opiniones, razonamientos, que a veces tienen coincidencia (las más de las veces) pero que cuando no la tienen provocan este tipo de discusiones que logramos mantener sin renunciar a lo que creemos y sostenemos. Es que los latinos somos así, apasionados a veces hasta el límite, sobre todo cuando discutimos sobre temas que en algunos lugares son considerados tabúes, como la política, por ejemplo, que es algo que sólo sirve "para enemistar y dividir".
Una amiga cubana residente en Madrid me dijo un día que cómo era posible que mi amigo y yo, si éramos tan amigos, sostuviéramos tantas "discusiones" que la hicieron llamarnos "el perro y el gato" sin especificar cuál de los dos era el perro y cuál el gato (esa amiga también conoce al susodicho). Pero ella no se da cuenta de que así concebimos nosotros (mi amigo y yo) la amistad, cuando es verdadera, sincera, incondicional y eterna. Sólo le dije:
--Si fuéramos hipócritas, estaríamos de acuerdo con todo lo que el otro dice. Como somos verdaderos amigos, somos sinceros y mostramos nuestros puntos de vista sin ningún tapujo.
Si no se tiene ese concepto, la amistad no existe. Para mí, desde luego. Porque yo no perdería ni un solo minuto de mi tiempo (mi tesoro más importante después de la salud) discutiendo con alguien por quien no sintiera esa amistad, con alguien que simplmente no me interesara: para discutir bien fuerte, para discrepar, para dedir NO algunas veces a alguien cuando creemos que debemos decirlo, hay que ser amigos, hay que sentir una verdadera amistad hacia ese alguien. De lo contrario, sólo seríamos un par de imbéciles discutiendo inútilmente, aceptando todo lo que el interlocutor sancione como verdad absoluta. Y la verdad absoluta no existe: nadie tiene su llave, nadie posee su clave definitiva. Cada cual tiene su verdad y cuando existe la amistad, no se trata de enemistarse con el otro porque sustente una verdad distinta a la nuestra.
Deberíamos meditar sobre este aspecto de las relaciones humanas y no creernos, como a veces nos creemos (en muchos casos siempre) que somos el ombligo del mundo, que tenemos razón en todo lo que se nos ocurre plantear, que después de nos el diluvio, etc. Es bueno recordar a quien dijo (no recuerdo ahora quién) que “el hombre es el único ser vivo que bebe sin tener sed, come sin tener hambre, y habla sin tener nada que decir”... Después de esto, la escampada. Seguro.
Augusto Lázaro
@lazarocasas38
elcuiclo.blogspot.com.es
(publicada en La Envolvencia el 10 de mayo de 2011)
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